Me parece difícil pensar que Tiwtter vaya a dar, finalmente, marcha atrás a su anunciada política de aceptar normas legales en países que no respetan un derecho que está por encima de sus ilegales marcos legales (leer: como el cubano). Es decir, en Cuba no publica y distribuye información nadie más que no sea el Estado o aquellos que -contando con el beneplácito estatal- cuenten con las herramientas para expresarse en la red, principalmente periodistas oficiales quienes hoy son los únicos a quienes no hay cara conexión satelital que impida un acceso permanente a la red de redes, con dos objetivos claros: primero, defender al régimen y mover globalmente su propaganda y, segundo, liderar linchamientos cibernéticos contra disidentes, opositores, bloggers o simples ciudadanos del mundo libre que denuncian la dictadura.
Hace unas semanas circulaba una petición para intentar frenar la presencia de estos escuadrones cibernéticos en Twitter. No la apoyé ni la voy a apoyar jamás porque vulneraría el principio de libre flujo de información. Ahora bien, entiendo que la demanda aquí se fundamenta en el desequilibrio existente entre oficialistas y opositores en esta red social. En igualdad de condiciones, si millones de cubanos accedieran a Twitter veríamos crecer de pronto un músculo opositor espontáneo contra el régimen. ¿El miedo lo evitaría? Quizás sí; pero teniendo en cuenta las posibilidades de expresión de forma anónima que ofrece esta red, es de esperar que poco a poco, ciudadanos hasta ahora acostumbrados al silencio perdieran el miedo a expresar -ni que fuera bajo un nick inventado- sus propias opiniones.
Los que han salido en defensa de Twitter señalan que hasta ahora esta red social ya está censurando y que la medida anunciada acota la censura, por tanto, reduce las posibilidades de censura: de un ámbito global a otro local. Pero el problema no es este. El problema es que la red social legitime -por necesidades comerciales- normas locales en países que hieren diariamente el derecho fundamental a la libertad de expresión, este derecho que podemos ejercer cada día más y mejor gracias a herramientas como Twitter. Ahora la plataforma corre el riesgo de convertirse en cómplice de la censura en países donde la brutalidad se ceba contra los opositores (ver lo que pasa hoy en Siria). Twitter tendió un puente sobre un río por el que podíamos cruzar. Ahora nos lo retira sorpresivamente, esto es un coitus interruptus que merma lo conseguido hasta hoy, esa conciencia global contra la que pretenden imponer criterios de ampliación de mercado.
