Los amarres del castrismo no parecen estar a punto de
desanudarse. Es cierto que el sistema no funciona, pero, los hechos corroboran
que la élite verde olivo siempre se las ingenia para vadear con éxito los
peores tramos del abismo.
¿Está Cuba peor que en 1993, cuando el cese de los subsidios
del campo socialista llevó al país a una situación de emergencia nacional a
causa de la hiperinflación, la falta de alimentos y medicinas, además de los
continuos y prolongados cortes del servicio eléctrico? Por supuesto que no.
Si en aquella oportunidad las protestas de mayor envergadura
se circunscribieron a un sector de la capital, sin que hubiera un contagio por
demás lógico, a partir de la grave situación social, hoy es impensable la
articulación de un masivo movimiento popular que empuje hacia verdaderos
cambios, hasta ahora postergados por una habilidosa combinación de utilitarias
aperturas económicas, junto a una eficiente aplicación de la fuerza ante
cualquier indicio de rebeldía contra el status quo.
El bache dejado por la ex Unión Soviética y sus satélites
fue cubierto por los petrodólares de Hugo Chávez y los préstamos de China, sin dejar al margen
otros auxilios, menos voluminosos pero también importantes, en un rescate que
sin lugar a dudas ha servido para prolongar los años de una dictadura que
todavía exhibe sin disimulo sus credenciales estalinistas.
Si bien es cierto que existen innumerables condiciones para
la estructuración de una serie de eventos contestatarios, en la práctica tales
posibilidades terminan diluyéndose, hasta quedarse, por el número de
participantes, en actos meramente testimoniales.
La apatía, el miedo y la tendencia a apostar por la
sobrevivencia individual dentro de la órbita del mercado negro, antes que
enfrentar los riesgos de una militancia en alguna de las agrupaciones
disidentes, actúan como frenos en el desarrollo de una masa crítica que pudiese
presionar al gobierno de manera efectiva.
Como parte de esta realidad que fluctúa entre el
estancamiento y modestos avances, respecto a años anteriores, en cuanto a la
captación de nuevos opositores, habría que citar el interés mayoritario de la
población en buscar la manera de abandonar el país. Quedarse a luchar en Cuba
es visto como una elección suicida. Son pocos los que, aunque entienden la
necesidad de luchar por la democratización dentro de las fronteras nacionales,
abandonan la idea de emigrar.
Tal y como ocurría en las naciones gobernadas por el partido
comunista antes la caída del Muro de Berlín, en Cuba las personas asumen
posturas según las circunstancias y no basadas en lo que verdaderamente
sienten.
Es un recurso que puede resultar cínico o amoral, pero que
refleja el instinto de conservación ante un régimen que posee infinidad de
métodos para destruir a los
disconformes, sin utilizar la tortura física. Del control a nivel de cuadra y
centro de trabajo, no escapa nadie.
Cada cubano tiene un expediente en los archivos de la
policía política y después de esos interrogatorios en que salen a relucir
detalles comprometedores, no son pocos los que terminan como informantes. El
chantaje ha sido y es un medio esencial en la construcción de una sociedad
basada en el temor a ser delatado por un amigo o el vecino que aparenta ser una
persona incapaz de cometer una bajeza de este tipo.
En un país donde se vive a expensas de las ilegalidades,
siempre habrá a quien doblegar, sin muchos esfuerzos. El salario promedio de no
más de 25 dólares al mes, es el motivo que justifica los robos en los
respectivos centros laborales y también la manera que tienen las instituciones
represivas de ampliar su eficacia con la captación de nuevos colaboradores.
Si a esto unimos la impunidad de los centros de poder que se
aprovechan de los órganos de prensa (todos en poder del estado) para dar rienda
suelta a sus campañas difamatorias, las permanentes intromisiones en las
cuentas de correo electrónico, las escuchas telefónicas y la posibilidad de que
estos detalles de la vida privada de las personas sean difundidos por los
medios escritos y audiovisuales, en primera plana y en horarios de mayor
audiencia, es suficiente para comprender el por qué del miedo de los cubanos a
sumarse a la oposición o de un grupo de la sociedad civil alternativa.
Frente a este panorama es factible no decantarse por las
falsas expectativas. El pluralismo político y los preceptos constitucionales
que garanticen las libertades fundamentales seguirán siendo un anhelo
insatisfecho por unos años más. ¿Cuántos? Nadie lo sabe.
No obstante, aunque los escollos son considerables, esto no
es motivo para cruzarse de brazos. Hay que seguir la marcha y olvidarse de los
tropezones.
(*) Tomado de Cubanet. Jorge Olivera Castillo es periodista independiente en Cuba