El periódico El País publica hoy un editorial dedicado a la muerte de Oswaldo Payá. El diario considera que su desaparición supone "un varapalo y duro revés a las esperanzas de democratización de Cuba":
Tanto los que permanecen en la isla como los de fuera esperaban de Payá, de su capacidad para limar discrepancias y de su mentalidad de estadista —rabiosamente independiente, como lo atestiguan sus choques con Washington, el exilio en Florida y la propia Iglesia católica cubana, a la que consideraba indulgente con el castrismo— una contribución decisiva en la anhelada transición hacia la democracia desde un poder petrificado, económicamente medieval y prisionero de la retórica, pese al relevo de Fidel por su hermano Raúl. Payá, sin sucesor político conocido, era a la postre el opositor más temido e incómodo para un régimen al que puso contra las cuerdas con sus propias armas en 2002, cuando presentó ante la Asamblea Nacional 12.000 firmas avalando su Proyecto Varela —un antes y un después para la disidencia— con el que pretendía promover la progresiva democratización de Cuba, utilizando uno de los artículos de su Constitución, después abolido. A partir de entonces, el castrismo no solo declaró irrevocable el socialismo en la isla, sino que hizo mucho más difícil la vida a Payá y los suyos, vigilados y regularmente acosados. Esa cegata inquina de quienes hasta ayer mismo consideraban a Payá un agente del imperialismo ha presidido la actitud de La Habana a la hora de su muerte.