El cambio de ubicación de la sede del Partido Comunista en Camagüey ha causado polémica. El sitio Café Fuerte hace referencia a ello. En el artículo aparecía el enlace al blog de una periodista del ámbito oficial en el que se publicó un post crítico con el cambio. A las pocas horas el post desapareció. Afortunadamente, otro blog próximo al oficialismo, Super Cuba, lo reproduce y aprovechamos para hacer lo mismo aquí:
El Olimpo se ha mudado de colina. Es comprensible; cuando el
río crece ahoga sus gestiones y él y sus gestiones hacen falta siempre, con o
sin agua de por medio.
Pero qué tristeza verle surgir palacio en tiempo récord. Que
ofensa las Shantui moliendo calles para ensanchar la vía por donde tantos con
carro llegarán a parquear. Qué dolor la muralla que intentará vanamente opacar
el eco de voces de la terminal cercana, donde se trafica con la desesperación
del pueblo impunemente. Qué vasta innecesaridad de rotonda y de recepciones
fatuas y de bombo y platillo.
No hubo derroches de austeridad esta vez ni nadie se atrevió
a pedir más con menos. No hubo problemas ni impedimentos para desviar durante
semanas la centralidad de la vía más urgente y socorrida de todos hacia
confines irregulares y polvorientos, a donde no llegará el buen asfalto que hoy
reviste los predios del nuevo recinto.
A solo una cuadra descansa el sueño eterno de las
inversiones pospuestas una policlínica médica, y más lejos nuestras mujeres
paren a veces en los pasillos de un hospital sucio, los deportistas entrenan
con implementos desvencijados o autofinanciados, los campesinos roban un raíl
ferrocarrilero para poder arreglar la tierra de sus cultivos.
No hay dinero para las urgencias vitales de la gente, pero
sí para erigir mármoles a quienes tantas veces demuestran ser simplemente
artífices de la palabra.
No quiero desbordarme, sé por experiencia lo que cuesta
pensar en voz alta; pero la conciencia no me deja callar este post por más
días.
Yo y muchos nos hubiésemos conformado con una explicación,
con saber porqué y para qué, con sentirnos un poco más dueños de una
institución que existe para servirnos y velar por nuestra suerte.
Ahora, cada vez que paso cerca, en el carro de alguien que
gentilmente me da aventón para salir de o llegar a casa, tengo que tragar el
buche amargo de los comentarios populares y bajar la cabeza, avergonzada.