Nota del Editor: Publico el siguiente texto enviado personalmente por su autor a este blog
Por Ivan López Monreal (autor de 'Carta de un joven que se ha ido')
Decía Miguel de Unamuno que el fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando. Porque no hay nada como asomarse al mundo para colocar tus ideas en el sitio que les corresponde. Sin demagogias ni delirios. Y sí, hay que leer al Che, que hizo una revolución con las armas en la mano, y hay que leer a Ghandi, que hizo la suya, más humana y profunda, sin disparar un tiro. Hay que leer a Marx y a Lenin, pero también a Adam Smith y a Keynes. Hay que leer a Mijail Shójolov para conocer la épica de la revolución rusa, y a Solzhenitsyn para descubrir la desoladora tragedia del estalinismo.
Tenemos derecho a saber y a pensar. Y nadie debería basarse en eso para criminalizar tu forma de entender la sociedad. Ni para llamarte antipatriota. Ni para anularte. Nadie debería valerse de tu opinión para convertirte en un enemigo público. Ni para injuriarte. Ni para condenarte. Aunque se haga en nombre de la soberanía nacional. Porque no es verdad. Eso solo busca que los que piensen como tú tenga el sentido común de callarse. O que al menos limiten el descontento a los pasillos de sus casas, a los patios interiores, a las mesas del comedor. A espacios en los que nadie les escuche.
Por Ivan López Monreal (autor de 'Carta de un joven que se ha ido')
Me llamo Ivan López Monreal y hace varias semanas escribí
una carta abierta para explicar mi posición como joven cubano emigrado. Lo hice
porque quise, no porque me lo pidiera nadie. Lo hice solo, en mi habitación.
Sin consultarlo con amigos ni con novias, ni siquiera con mis padres, que viven
en Cuba y tal vez sean los mayores perjudicados en todo esto. Lo hice con
respeto a quienes defienden una posición distinta a la mía. Lo hice sin
ofensas.
La respuesta que me llega desde los blogs oficialistas es
que yo no existo, soy una mentira, una infamia, una careta tras la que se
oculta un enemigo de la Revolución. Soy un manipulador, un tergiversador, un peligroso
involucionista que pretende intoxicar a los jóvenes con un mensaje cargado de
debilidad. Dicen que detrás de mi está la CIA, la USAID, la mafia de Miami. La
basura del exilio. La gusanera enrabietada.
Aunque debo ser justo, la persona a la que estaba dirigida
mi carta, Rafael Hernández, se ha mantenido al margen de esos ataques, incluso
tuvo la gentileza de enviarme un mail agradeciéndome por el debate que hemos
generado. Y eso le honra. Tardé unos días en responderle, también en privado,
porque no quería crearle problemas a nadie, mucho menos a mi familia, pero
algunos han interpretado mi silencio como parte de una operación conspirativa,
una prueba de que no existo. De que soy un fantasma , ¿O si no por qué no
aparezco en facebook, o en twitter, cómo es que no tengo un blog, cómo es
posible que no haya publicado nada antes? Evidentemente yo debo ser un
profesional de la contrarrevolución para decir las cosas que digo. Han llegado
a sugerir que la carta es demasiado perfecta para ser real.
Para esos blogueros, los jóvenes cubanos carecemos de
capacidad para analizar y juzgar de forma crítica la sociedad en la que
vivimos. Y si lo hacemos, apartándonos de la doctrina oficial, es señal de que
alguien nos manipula. Ellos no. Ellos explican y convencen. Por eso no les
gusta mi visión de Cuba. Mis palabras les han parecido falsas, equivocadas y
peligrosas. Me piden que recuerde aquella frase del Che Guevara que decía “al
imperialismo no se le puede dar ni un tantico así”. Y eso lo justifica todo. Porque
en Cuba hay que callarse para no dar pretextos. Solo vale confiar en las
decisiones de nuestro gobierno. Y sí, puedes quejarte mientras no lo hagas
delante de una cámara o frente a un micrófono abierto. Para que no
malinterpreten tus palabras, para que tu discurso no se parezca al del
disidente, para que nadie cometa el error de pensar que en los temas sensibles
es posible el desacuerdo. Dicen que es un sacrificio necesario, un acto de
fidelidad. Para mí es una forma de alimentar los fanatismos. Porque solo un
fanático, un inconsciente o un inmoral puede negar la realidad del país y
acusar a los que la denuncian de mercenarios.
Yo he dicho lo que pienso desde mi verdad y desde mi dolor.
Soy cubano, y aunque viva en Bulgaria o en Kamchatka lo seguiré siendo. Ojalá
pudiera despojarme de la identidad como de las ropas. Ojalá pudiera renunciar a
mi pasaporte y empezar de cero, sería más cómodo para mí y para mi familia,
pero no puedo. No sé hacerlo. Así que no me queda otro remedio que aceptar mi
condición de emigrado y pagar por ella. Porque para eso sí existo. Para pagar
por cada gestión, cada papel, cada permiso que necesite, incluido el de volver
a pisar el país donde nací. Existo para pagar, no para opinar. Por eso ahora me
niegan. Me borran. Me anulan.
Desde hace muchos años en Cuba se niega la realidad que no
se quiere ver. Es preferible echar sombras sobre todo aquello que es incómodo
mientras se apela a un heroísmo de barricada. Porque un revolucionario que dude
es un revolucionario débil. Y se niega la duda como se niega el miedo a la
discrepancia. Ellos ven la ideología no como una opción política sino como un
catecismo limitado y empobrecedor. Hablan de leer al Che como hablan los
obispos de los evangelios. Y con eso basta.
Decía Miguel de Unamuno que el fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando. Porque no hay nada como asomarse al mundo para colocar tus ideas en el sitio que les corresponde. Sin demagogias ni delirios. Y sí, hay que leer al Che, que hizo una revolución con las armas en la mano, y hay que leer a Ghandi, que hizo la suya, más humana y profunda, sin disparar un tiro. Hay que leer a Marx y a Lenin, pero también a Adam Smith y a Keynes. Hay que leer a Mijail Shójolov para conocer la épica de la revolución rusa, y a Solzhenitsyn para descubrir la desoladora tragedia del estalinismo.
Tenemos derecho a saber y a pensar. Y nadie debería basarse en eso para criminalizar tu forma de entender la sociedad. Ni para llamarte antipatriota. Ni para anularte. Nadie debería valerse de tu opinión para convertirte en un enemigo público. Ni para injuriarte. Ni para condenarte. Aunque se haga en nombre de la soberanía nacional. Porque no es verdad. Eso solo busca que los que piensen como tú tenga el sentido común de callarse. O que al menos limiten el descontento a los pasillos de sus casas, a los patios interiores, a las mesas del comedor. A espacios en los que nadie les escuche.
Por eso han convertido la cotidianidad cubana en un inmenso
ejercicio de hipocresía que solo beneficia a los oportunistas. Porque ya nadie
se cree nada. Porque es imposible defender desde la honestidad un estado que se
empeña en poner cada día las cosas más difíciles, que desprecia a la población
atragantándola de permisos y prohibiciones. Un estado que no da explicaciones.
Nunca. Por nada. Y busca cada resquicio de supervivencia para atajarlo con
leyes abusivas que exacerban aún más el robo y la doble moral. Un estado
empeñado en habitar una realidad ficticia mientras niega la real. La de cada
día. La de la prepotencia y los abusos, la del cólera y el dengue, la de esto
es una mierda y sálvese quien pueda.
Esa realidad existe, como existen quienes la sufrimos y
deseamos que cambie. Algunos para tener un sueldo que les permita llegar a fin
de mes, o mercados mayoristas, o mejores hospitales, escuelas, carreteras, o
impuestos más justos, o acceso a Internet. Otros para que podamos entrar y
salir del país sin más exigencias que un pasaporte. Un simple pasaporte con tu
nombre y tu foto. Sin humillaciones. Y sin tener que ir a los consulados a
pagar por tu condición de cubano como si fuera una multa. Porque no es una
multa. Es mi nacionalidad. Y no la elegí como tampoco elegí a mis padres. Nací
con ese derecho. Y ya estoy harto de que me cobren y me chantajeen por él.
Quiero un cambio para acabar con eso. Y quiero un cambio
para legalizar otras opciones políticas, no porque crea que la democracia es la
solución mágica a nuestros problemas, que no lo es, pero al menos hará que
nuestros líderes dejen de sentirse intocables. Porque los errores se pagan, y
los fracasos también. Y si yo me equivoco y asumo las consecuencias, tendremos
que exigirle lo mismo a quienes nos gobiernan. Llámense como se llamen. Y
vistan el uniforme que vistan.
Hasta mi padre quiere un cambio, con su carné del partido y
sus medallas. Porque está harto de que le suban el precio de la comida, de que
el Granma le mienta, de que cada día sea más difícil conseguir algo de forma
legal. Harto de que el estado le cobre servicios en una divisa que no forma parte
de su salario. Harto de ver en las noticias una Cuba que no existe. Porque él
sí existe, él es real, y sabe que negar los problemas solo sirve para
agravarlos. Mi padre en muchas cosas piensa como yo, y no es un disidente. Es
un revolucionario con una hoja de servicios que difícilmente puedan igualar
esos que me acusan de mercenario. Pero las decisiones políticas de mi país han
conseguido que generaciones dispares y con experiencias distintas, lleguemos
hoy a una conclusión muy parecida: así no podemos seguir.
Y el estado lo sabe, pero no lo quiere admitir. Las figuras
históricas de la Revolución prefieren mirar hacia otra parte. Prefieren ganar
tiempo porque saben que, con suerte, morirán antes de que todo se desmorone. Y
así la historia culpará a los que vienen detrás. “Después de mí el diluvio”,
decía Luis XIV. Esa es la filosofía que rige el inmovilismo, no vaya a ser que
les ocurra como a Gorbachov, que buscando perfeccionar el sistema lo terminó
desmontando. Y ellos no quieren eso. Ellos quieren morir en la trinchera porque
asumen que tumbar a Batista los legitimó para siempre, y al que no le guste,
que se busque unos fusiles y empiece otra revolución. Nos ven incapaces de
construir una sociedad plural donde quepan las ideas de unos y otros, sin ofendernos
ni matarnos. Para ellos (y para algunos en Miami) la única forma de cambiar un
gobierno es a través de la fuerza. Como si Cuba estuviese condenada a un
interminable ciclo de violencia protagonizado por salvadores de la patria. Y
donde el ganador, como en los casinos, se lo lleva todo. Lo piensan porque no
son políticos, siempre han sido soldados, y parafraseando aquella memorable
carta que le escribió José Martí al Generalísimo Gómez, han gobernado el país
como se manda un campamento.
Pero Cuba no es un campamento. Y retrasar los cambios solo
servirá para que todo sea más difícil. Más amargo. Lo sé yo, y también lo saben
esos blogueros oficialistas que me hablan de resistir cuando yo hablo de
corrupción, que me hablan de imperialismos cuando yo hablo de pérdida de
valores. Que me hablan de lo mal que está el mundo, cuando yo hablo de lo mal
que está mi país. Ellos dicen que prefieren combatir la corrupción desde allá,
aunque nunca publiquen sus denuncias. Aunque nunca alzaron la voz cuando no
podíamos entrar en hoteles ni pisar ciertas playas. A ellos les parece bien que
seamos el país de América con más censura y menos acceso a Internet. Y que no
haya una universidad cubana entre las 50 mejores de Latinoamérica (la de La
Habana está en el puesto 64, y la siguiente, la de Las Villas en el 149), ellos
jamás han pedido la dimisión de un dirigente aunque permita que se pudran
toneladas de comida en un almacén del puerto o haya dejado morir de frío a
treinta enfermos mentales (un escándalo que en otro país le habría costado el
cargo al ministro de salud). Ellos no piden explicaciones porque el primer
deber de un periodista revolucionario no es informar al pueblo sino defender y
justificar al gobierno que les paga.
Ellos dicen que con un partido les basta, aunque eso
implique conformarse con una sola verdad.
Yo no puedo. Ni quiero. Me niego a aceptar un pensamiento
único porque no creo en elegidos ni en profetas. Y no puedo aceptar que mi país
solo pueda ser lo que decida una persona. No lo quiero yo, ni todos esos
cubanos que hoy viven cansados de arengas y consignas. Y solo aspiran a una
vida un poco más digna. Esos cubanos van a las marchas del primero de mayo, a
las reuniones del CDR y gritan socialismo o muerte. Pero ninguno dará la vida
por un proyecto que ha dividido sus familias y ha faltado a casi todas sus
promesas.
Esos cubanos siguen allí. Son miembros del partido,
profesores, cuentapropistas, médicos, taxistas, son sociólogos como Diosnara
Ortega (magnífica tu carta), son redactores del Granma, militares, cineastas,
deportistas. Incluso delegados del poder popular.
Esos cubanos existen. Son reales. Y no son treinta ni cien
mil.
Son millones.