Por Joan A. Guerrero
No debe ser fácil para un periodista oficial en Cuba romper con las ataduras. Ni que el propio Raúl Castro, en su último discurso, les haya dado prácticamente un cheque en blanco (pero siempre con rúbrica socialista) para que innoven. Los emplazó a no ser tan aburridos, a contar lo que ocurre en el país de otra manera. En definitiva, después de más de cincuenta primaveras sin haber impulsado ni un sólo cambio en el periodismo de la Isla (bastaba salir del medio, convocar elecciones y dejar paso a una sociedad libre), resulta que a la élite gobernante le preocupa justo ahora, y cuando ya se preparan para su amarga retirada, que los únicos periódicos que ellos permiten les entretengan.
Parecen no darse cuenta de que si la prensa editada en Cuba es, por lo general, un producto muermo es porque han impuesto la reproducción de los soporíferos discursos de la élite dominante. No olvidemos que, a parte de comandantes en jefe son, por supuesto, redactores en jefe. Ellos tienen la capacidad de parar máquinas cuando les convenga. Aún en estos últimos meses, el periódico Granma está reproduciendo en primera página, y posición preferente, fragmentos de alocuciones de Fidel Castro. La reedición de sus ideas ocupando, día sí y día también, el espacio más importante de la publicación, la portada, es una muestra de cuáles son los verdaderos propósitos del periódico: reeditar el supuesto respeto (mejor llamémosle terror) que entre los ciudadanos de la Isla proyecta su presencia. Buscan un revival, cuando la estrella ya perdió todo su brillo.
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