España es un lastre para Europa. Los datos cantan. El 32% de los desempleados de la Unión los aporta este Estado ibérico cuyos principales partidos políticos, PP y PSOE, animaron y procuraron la buena salud del monocultivo de la construcción para el despegue económico del país. Para refrescar la memoria, de forma lúdica, rescatamos el ya clásico corto animado de Aleix Saló. Así nos reímos un poco.
Los españoles, profundamente integrados en el capitalismo, nos convertimos en perfectos consumidores, se crearon auténticos ejércitos de obreros que durante la semana ganaban una pila de euros poniendo tochos y que el fin de semana llenaban los centros comerciales con sus chatis para consumir todo lo que fuera innecesario.
Ningún problema. No voy a ser yo el que machaque con un discursillo anticapitalista. Yo, sobre el capitalismo, vendría a opinar lo que refleja Josep Pla en este pasaje de su Cuaderno gris. Algo natural en el ser humano que, como cualquier exceso, trae consecuencias negativas y, por eso mismo, su completa libertad tampoco nos beneficia. Este mundo está necesitado de normas, para que no nos comamos los unos a los otros. La convivencia, así, debería resultar más fácil.
El problema no está en el capitalismo, sino en el desequilibrio. Mientras gastamos miles de euros en bienes de consumo, pocos decidieron hacerlo en formación, en ampliación de conocimientos. El estímulo probablemente no sería suficiente. Mientras un peón de la construcción podía hacerse con un sueldazo de 3.000 euros, los trabajadores con carrera universitaria, másters, posgrados e incluso doctorados eran explotados por cantidades de dinero irrisorias.
Para enderezar esta situación no hemos contado con políticos de altura. Además los españoles han visto siempre la cosa pública como la teta que, si sabes cómo moverte, te puede amamantar toda la vida, solo afiliándote a eso o aquello de más allá. Hay en este país más de 800 políticos condenados por casos de corrupción. Esta semana El País publicaba que hay 200 cargos públicos imputados y protegidos.
En Cataluña vivimos un caso escandaloso de corrupción política. La rama católica de Convergència i Unió (es decir, Unió Democrática de Catalunya) ha admitido que desvió hacia sus arcas fondos europeos destinados a la formación de parados. Su líder, Josep Antoni Duran i Lleida, dijo hace un tiempo que si se probaba la culpabilidad del partido en el caso entonces dimitiría. Pues bien, ha llegado el momento de la verdad y el señor Duran i Lleida ha negado de forma tajante que vaya a dimitir. Y es que probablemente haya planificado vivir de esto hasta su jubilación.
La democracia es muy bonita, y suena muy bien, pero todos estos políticos nos la están robando, poco a poco. Y lo que es más peligroso, asoman los extremismos a derecha e izquierda dispuestos a sacar tajada de la desilusión. Si no espabilamos corremos el riesgo de pasar momentos de serias turbulencias en la Península.
Aunque no lo tengamos todo tan claro...
Los españoles, profundamente integrados en el capitalismo, nos convertimos en perfectos consumidores, se crearon auténticos ejércitos de obreros que durante la semana ganaban una pila de euros poniendo tochos y que el fin de semana llenaban los centros comerciales con sus chatis para consumir todo lo que fuera innecesario.
Ningún problema. No voy a ser yo el que machaque con un discursillo anticapitalista. Yo, sobre el capitalismo, vendría a opinar lo que refleja Josep Pla en este pasaje de su Cuaderno gris. Algo natural en el ser humano que, como cualquier exceso, trae consecuencias negativas y, por eso mismo, su completa libertad tampoco nos beneficia. Este mundo está necesitado de normas, para que no nos comamos los unos a los otros. La convivencia, así, debería resultar más fácil.
El problema no está en el capitalismo, sino en el desequilibrio. Mientras gastamos miles de euros en bienes de consumo, pocos decidieron hacerlo en formación, en ampliación de conocimientos. El estímulo probablemente no sería suficiente. Mientras un peón de la construcción podía hacerse con un sueldazo de 3.000 euros, los trabajadores con carrera universitaria, másters, posgrados e incluso doctorados eran explotados por cantidades de dinero irrisorias.
Para enderezar esta situación no hemos contado con políticos de altura. Además los españoles han visto siempre la cosa pública como la teta que, si sabes cómo moverte, te puede amamantar toda la vida, solo afiliándote a eso o aquello de más allá. Hay en este país más de 800 políticos condenados por casos de corrupción. Esta semana El País publicaba que hay 200 cargos públicos imputados y protegidos.
En Cataluña vivimos un caso escandaloso de corrupción política. La rama católica de Convergència i Unió (es decir, Unió Democrática de Catalunya) ha admitido que desvió hacia sus arcas fondos europeos destinados a la formación de parados. Su líder, Josep Antoni Duran i Lleida, dijo hace un tiempo que si se probaba la culpabilidad del partido en el caso entonces dimitiría. Pues bien, ha llegado el momento de la verdad y el señor Duran i Lleida ha negado de forma tajante que vaya a dimitir. Y es que probablemente haya planificado vivir de esto hasta su jubilación.
La democracia es muy bonita, y suena muy bien, pero todos estos políticos nos la están robando, poco a poco. Y lo que es más peligroso, asoman los extremismos a derecha e izquierda dispuestos a sacar tajada de la desilusión. Si no espabilamos corremos el riesgo de pasar momentos de serias turbulencias en la Península.
Aunque no lo tengamos todo tan claro...