Vivir sin Internet, cuando sabes que la situación es circunstancial y que un rato de conexión lo tendrás en cualquier momento del día sin ningún tipo de problema -más si la precisas con cierta urgencia-, puede ser una experiencia interesante, estimulante en extremo. Estas semanas veo muy limitada mi conexión a la red (por razones ics) pero realmente celebro encontrarme con este parón de ADSL que me mantenía conectado prácticamente 24 sobre 24 horas, los 365 días del año. Ahora bien, yo sigo defendiendo el acceso a la red porque la considero vida. Nada mejor para redescubrir placeres que habían quedado ocultos, en segundo o tercer plano, aparcados ante la imperiosa necesidad de recurrir a la red aunque, en realidad y para ser sinceros, no hubiera ninguna necesidad. Si he dicho que era imperiosa, mentí, al menos si la consideramos cuestión de vida o muerte.
El primer día sin Internet en casa -sin yo saberlo-, nada más pasar por la puerta, busqué desesperadamente el router, las lucecitas rojas en el aparatito me indicaban que seguía sin conexión; me abalancé sobre él, cogí todos los cables, los arranqué con furia, tomé el chisme y lo tiré directamente a la basura. Decidí cortar con ese fluido eterno de Kilobytes. Llamé a la compañía de teléfonos y le dije a la teleoperadora que me daba de baja. No se lo dije, pero lo pensé, que maldecía ese dichoso servicio y la lentitud de la conexión, y eso a pesar de tener un precio abusivo, una tarifa propia de monopolio en las telecomunicaciones del país, probablemente la más cara de toda Europa. Pero bueno, ahora recojo y me voy de aquí. Se acabaron, en este aspecto, los problemas.
Entre las ventajas de vivir sin conexión en casa es que ahora uno explora con más detenimiento su entorno físico, se da cuenta de las pequeñas cosas que le rodean, se percata de las urgencias domésticas que habían sido desatendidas durante tanto tiempo. El cocinar y el comer se convierten también en una experiencia renovada, el tiempo dedicado a estos menesteres transcurre distinto. El déficit de atención mantenido para estos asuntos hasta el momento ha desaparecido por completo. Si mis padres me vieran estarían muy satisfechos del cambio.
También se redescubre la lectura (¡en papel!) de libros empezados hace un siglo y a los que en estos días les doy el empuje final. Finalmente me es posible no interrumpir una lectura analógica a los quince minutos de haberla empezado. Esa lectura lineal que antes teníamos impuesta y que se vio violada por la irrupción de lo digital en nuestras vidas, retorna a mi cotidianidad. Y le doy la bienvenida porque intuyo que este redescubrimiento puede mejorar la gestión que hago de mi tiempo. Desde hace mucho, y más desde el advenimiento de Internet, tengo un tremendo disgusto por la duración limitada de los días a tan sólo 24 horas. A esta situación adversa hay que añadir que lamento también que el cuerpo humano sólo esté capacitado para aprovechar una porción de este tiempo para hacer cosas, para mantenernos despiertos, activos y productivos. También lamento que nuestro cerebro pase, en algún momento del día, por estadios no aptos para hacer algo que valga la pena.
Esto de ser ser humano es algo inquietante. Un desespero contínuo. Un tormento eterno...